En su sitio web, Cristina Mitty Mittermeier define su trabajo: “Mis imágenes reflejan un compromiso con la conservación ambiental, la preservación cultural y la equidad social, especialmente con los pueblos indígenas y las mujeres, cuyas historias suelen ignorarse pese a ser esenciales para nuestra supervivencia colectiva. Para mí, la fotografía es una práctica tanto visual como ética. Cada imagen es una invitación a detenerse, sentir y recordar que no estamos separados de la Tierra, sino que formamos parte de su tejido vivo”.
Nacida en la Ciudad de México y formada como bióloga marina en las costas del Golfo de California, Mittermeier se ha consolidado como una de las fotógrafas de conservación más influyentes de nuestro tiempo. Ha dedicado su vida a retratar la relación —cada vez más amenazada— entre los seres humanos y los océanos.
Su obra, que se ha difundido en las páginas de National Geographic y de otras publicaciones de primer nivel, combina el rigor científico, la sensibilidad estética y el activismo ambiental.
Como cofundadora de SeaLegacy y de la Liga Internacional de Fotógrafos de Conservación, ha logrado convertir la imagen en una poderosa herramienta de conciencia global frente a la crisis climática, una labor que le valió, entre otros galardones, el prestigiado Wayfinder Award otorgado por la propia National Geographic.
Mittermeier escribió una carta abierta a la presidenta Claudia Sheinbaum. Pedí su autorización para compartirla en SDPNoticias y estuvo de acuerdo.
Enseguida el texto íntegro de Mitty Mittermeier: una reflexión fundamental sobre el destino de nuestros mares y una propuesta institucional que merece ser analizada con la mayor seriedad.
Carta abierta a la Presidenta Claudia Sheinbaum
Querida Presidenta Sheinbaum:
Hay una mañana en Laguna Ojo de Liebre, en Baja California Sur, que llevo conmigo por haber sido inolvidable. El mar es del color del peltre, la laguna todavía dormida bajo una niebla baja, y entonces, sin aviso, el resoplido de una ballena gris se levanta junto a nuestra panga. Su cría emerge un instante después, oscura y lenta, apoyada contra el costado de su madre. Las dos han cruzado seis mil millas de Pacífico abierto para llegar hasta aquí, a parir en las aguas tibias de nuestro país. Escogieron a México. Siempre han escogido a México.
Le escribo como mexicana, como bióloga marina, y como mujer que ha pasado los últimos veinticinco años fotografiando las costas de nuestro país desde la superficie hasta el fondo y escribiendo acerca de las prioridades de conservación para uno de los más importantes países de megadiversidad, nuestro México. Le escribo también como una científica a otra, en la convicción de que usted entiende, como pocos líderes en nuestra historia lo han entendido, lo que la evidencia nos está diciendo.
Nuestras costas están bajo ataque. No por un enemigo que llega en una sola armada, sino por una invasión más lenta que viene vestida con la ropa del progreso: imperios inmobiliarios devorando Baja California Sur, Nayarit y Quintana Roo, puertos industriales extendiéndose por todo el Golfo de California, flotas de pesca industrial barriendo la plataforma del Pacífico, estanques de camarón reemplazando manglares que nunca recuperaremos, y eso sin mencionar el reciente derrame de petróleo en el otro Golfo. Los 11,122 kilómetros del litoral mexicano están entre los más biológicamente generosos del planeta. Son también, en este momento, los que se están transformando con mayor rapidez.
Quiero ser honesta con usted sobre las Áreas de Prosperidad Marina que se han propuesto como respuesta de nuestro país. He leído las propuestas. He hablado con los pescadores de Loreto y con las cooperativas de San Evaristo y con los científicos que trabajan los arrecifes de Yucatán. El marco es bienintencionado, y el lenguaje de la prosperidad es políticamente ágil, pero la estructura no protege nada. Un área protegida que permite a las mismas industrias que desmantelan la costa no es un área protegida. Es un permiso.
Compárelo con Revillagigedo. Usted conoce el archipiélago, tres islas volcánicas y un islote, Roca Partida, que se levantan del Pacífico profundo al suroeste de Cabo San Lucas, la reserva oceánica plenamente protegida más grande de Norteamérica. Cuando el gobierno federal cerró sus 148,000 kilómetros cuadrados a la pesca industrial en 2017, las flotas atuneras anunciaron la ruina. Se equivocaron. Los años transcurridos han producido uno de los repuntes de biomasa de atún más significativos medidos en cualquier rincón del Pacífico. Las mantarrayas regresan en cantidades que no habíamos visto en una generación. Los tiburones martillo se vuelven a congregar. Las jorobadas cantan otra vez en aguas que se habían quedado en silencio. Revillagigedo demostró una cosa sencilla. Si le quitamos la presión, el océano nos devuelve más de lo que le pedimos.
Este es el modelo. No zonas de prosperidad que intentan hacer las paces con la extracción, sino protección verdadera que permite al mar hacer lo que el mar hace cuando damos un paso atrás. La ciencia está zanjada en este punto, y usted, más que nadie, no necesita que yo se lo explique. Las áreas plenamente protegidas se recuperan. Las áreas parcialmente protegidas con usos extractivos no. Los datos son inequívocos.
Lo que quiero pedirle es algo más grande que un ajuste de política. México tiene 11,000 kilómetros de costa y más de 315 millones de hectáreas de Zona Económica Exclusiva, y ninguna voz a nivel de gabinete que hable por ellos. Tenemos una Secretaría de Marina que defiende al océano como frontera. Tenemos una Semarnat que trata a la costa como un ecosistema más entre muchos. Tenemos una Conapesca que ve al mar a través del lente estrecho de la captura. En su gobierno no hay nadie que despierte cada mañana sabiendo que su trabajo entero es la vida larga de nuestros mares y costas y de la gente que vive junto a ellas.
Esto es lo que México necesita con urgencia. Una Secretaría de Mares y Costas. Una cartera de gabinete con la autoridad para coordinar entre dependencias, para fijar las metas basadas en ciencia que le hemos prometido al mundo en cada cumbre climática y de biodiversidad desde Aichi, y para defender el litoral de la violencia lenta del mal desarrollo. Una cartera cuyo mandato sea el mar mismo, no como un recurso por asignar, sino como un país por cuidar. Los hawaianos tienen una palabra para esto. Mālama Honua. Cuidar de nuestra Tierra-isla. La costa de México también es una clase de isla, un país largo y delgado enroscado alrededor del cuerpo de la nación, y en este momento no tiene gobierno propio.
Tiene usted la oportunidad más rara que se le haya entregado jamás a una presidencia mexicana. Llegó al cargo como científica del clima, en un momento en que el clima ya no es abstracto. Tan solo en el último año, más de cien ballenas grises han varado muertas en playas mexicanas, con los cuerpos delgados, con la migración cortada por un Ártico que ya no las alimenta. La madre y la cría que le describí al inicio de esta carta son las sobrevivientes de una población en colapso. Los arrecifes de Yucatán se blanquean en aguas que antes eran un refugio. Los lobos marinos de Espíritu Santo, que alguna vez se contaban por decenas de miles, han colapsado más del sesenta por ciento en una generación. Nuestro país no está separado de estas pérdidas. Estamos dentro de ellas.
He fotografiado el duelo en muchos océanos. También he fotografiado la recuperación. Sé con certeza que la recuperación todavía está a nuestro alcance, pero solo si la elegimos ahora, con deliberación, con la valentía que este momento le exige a cada líder que entiende la ciencia. Usted la entiende. Por eso le escribo a usted y no a nadie más.
Señora presidenta, las costas no están pidiendo prosperidad. Están pidiendo protección. Están pidiendo un asiento en su mesa de gabinete. Están pidiendo una defensora.
Ojalá algún día tenga la oportunidad de salir en panga al amanecer en Bahía Magdalena. Disfrutar de lo que el país todavía sostiene entre las manos sabiendo que su legado fue el protegerlo.
Con profundo respeto, y con la urgencia de la marea,
Cristina Mittermeier, bióloga marina, fotógrafa, hija de México.