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La IA no es inteligente, solo automatiza el razonamiento

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Un modelo de lenguaje tiene la capacidad de argumentar con solidez una política pública y, segundos más tarde, sostener la postura contraria. Mientras que en un ser humano esta versatilidad reflejaría flexibilidad mental o pura retórica, en la máquina obedece simplemente a un cambio de instrucción (prompt). La fluidez del texto no revela qué ha comprendido el sistema ni su grado de compromiso con lo que afirma.

Articular argumentos no equivale a comprender su significado real, su pertinencia o el alcance de sus consecuencias. En la experiencia humana, estas dimensiones operan entrelazadas bajo el concepto general de inteligencia. Sin embargo, el avance de la tecnología actual nos exige segmentar estos procesos de forma más rigurosa.

Para entender esta diferencia, la filosofía clásica distinguía entre ratio e intellectus. Como explicaba Tomás de Aquino, no se trata de dos mentes distintas, sino de dos modos de operar: la ratio avanza paso a paso infiriendo y justificando, mientras que el intellectus capta la verdad de fondo de forma inmediata. Hoy en día, un algoritmo puede replicar una cadena lógica impecable sin entender realmente por qué sus premisas son válidas o cuándo dejan de ser aplicables.

Aunque estas nociones nacieron para describir la mente humana, sirven de analogía para el entorno digital: los modelos organizan datos, completan esquemas argumentales y simulan inferencias con gran precisión. Su alto rendimiento discursivo no implica que posean inteligencia en sentido amplio, sino que han logrado automatizar la mecánica del razonamiento sin alcanzar la verdadera comprensión.

El intento de mecanizar el pensamiento viene de lejos. En el siglo XVII, Hobbes definió el razonamiento como un mero cálculo, y en 1950 Alan Turing replanteó el debate con su famoso «juego de imitación» para evaluar si una máquina podía hacerse pasar por humana. Aquel experimento abrió una fructífera ruta de investigación, pero no resolvió el misterio de qué significa pensar.

Por su parte, el procesamiento estadístico del lenguaje también tiene precedentes clave. En 1913, Andréi Márkov analizó miles de letras para calcular la probabilidad de transición entre vocales y consonantes, mientras que Claude Shannon construyó en 1948 patrones del idioma inglés agregando contexto. Aunque las frases resultantes parecían cada vez más naturales, carecían de intención comunicativa.

Los modelos actuales llevan esa lógica estadística a un nivel masivo: procesan fragmentos de texto y prevén la palabra más probable dentro de un contexto gigante. Su objetivo durante el preentrenamiento es generar secuencias coherentes, no verificar su veracidad. Por ello, una respuesta perfectamente redactada puede contener verdades o falsedades por igual, ya que la fluidez sintáctica no garantiza la validez de los datos.

Esta realidad genera un debate abierto en la comunidad científica. Parte de los lingüistas argumenta que manipular reglas del lenguaje sin contacto real con el mundo impide la existencia de un significado verdadero. En contraste, otros investigadores señalan que las complejas conexiones internas que aprende el modelo constituyen una forma válida de representación conceptual.

La evidencia actual muestra que estos sistemas han aprendido patrones lingüísticos extraordinariamente complejos, pero una respuesta correcta no demuestra la comprensión subyacente. En términos analógicos, la IA destaca como una herramienta avanzada de ratio, pero carece por completo de intellectus.

Esta distinción cobra vital importancia cuando las respuestas automáticas influyen en el mundo real. En el sector salud, un algoritmo puede resumir historiales médicos, pero es el especialista quien debe evaluar los síntomas y responsabilizarse del tratamiento. En el ámbito legal, la máquina redacta borradores de contratos en segundos, pero la validación y firma quedan en manos del abogado. En la investigación, los modelos pueden sugerir hipótesis, pero la validación empírica corresponde al científico.

A esto se suma un importante riesgo social: al atribuir capacidad intelectual a las máquinas basándonos solo en su velocidad y volumen, corremos el riesgo de redefinir la propia inteligencia humana bajo parámetros puramente cuantitativos. En una cultura impulsada por la eficiencia inmediata, procesos clave como la deliberación, la verificación de fuentes y el cuestionamiento crítico corren el peligro de ser relegados por considerarse improductivos.

El propio concepto de «inteligencia artificial» nació en la propuesta de 1955 para el histórico seminario de Dartmouth. Sus impulsadores planteaban que cualquier aspecto del aprendizaje podría describirse minuciosamente para ser simulado por una máquina. Conviene enfatizar ese verbo: simular los aspectos externos del pensamiento no equivale a replicar la mente en su totalidad.

Siete décadas después, los avances han superado cualquier previsión inicial, dando lugar a herramientas potentes que agilizan el trabajo intelectual. Sin embargo, resulta crucial evitar confundir el rendimiento técnico con la capacidad de comprensión. Saber responder no lo es todo; la verdadera inteligencia radica en entender el porqué de la respuesta, sus límites y cómo actuar ante ella.

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OpenAI afirma que los adolescentes usan ChatGPT menos de 15 minutos al día

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Los adolescentes pasan un promedio de menos de 15 minutos al día en ChatGPT y menos del 2% interactúa con la plataforma durante más de tres horas seguidas, según datos publicados este miércoles por OpenAI. Las cifras forman parte del primer informe oficial de la empresa sobre los patrones de uso en menores de edad, presentado en medio de una creciente supervisión regulatoria global sobre el impacto de la inteligencia artificial (IA) y las redes sociales en el bienestar mental de los jóvenes.

La publicación del informe coincide con un contexto de alta presión para la industria tecnológica. Recientemente, Meta acordó un desembolso de hasta 18,000 millones de dólares para resolver demandas en Estados Unidos que acusaban a la compañía de diseñar funciones adictivas en Facebook e Instagram. En este entorno, OpenAI busca diferenciar la dinámica de uso de ChatGPT respecto al consumo pasivo de redes sociales, destacando sus herramientas de regulación activa.

Según la compañía dirigida por Sam Altman, casi la mitad de los usuarios adolescentes que reciben un recordatorio para tomar un descanso interrumpen su sesión o la finalizan en un lapso de cinco minutos. Asimismo, OpenAI destacó que quienes utilizan la versión adaptada para jóvenes consumen en su mayoría contenidos educativos a través de funciones como el «Modo de estudio» y herramientas de visualización. En respuesta a esta tendencia, la firma planea integrar nuevas funciones académicas, como un planificador para solicitudes de ingreso a la universidad, guías de ayuda financiera y fichas didácticas de repaso.

El modo para adolescentes de ChatGPT, desplegado formalmente en agosto, se activa de manera automática mediante la estimación de edad del usuario o los datos de registro. Esta modalidad aplica controles parentales y restringe respuestas sobre temas sensibles.

Sin embargo, la efectividad del sistema ha sido cuestionada. Un estudio paralelo publicado este mismo miércoles por la organización Common Sense Media reveló fallas en los protocolos de seguridad. Tras realizar pruebas con más de una docena de cuentas simuladas, la organización detectó que el chatbot no siempre alertó de forma oportuna a los tutores ni remitió de manera constante a líneas de ayuda profesional cuando se abordaron temas como el suicidio, las autolesiones o los trastornos alimentarios.

En respuesta a los hallazgos de Common Sense Media, un portavoz de OpenAI afirmó que las pruebas no reflejan con precisión el funcionamiento real de sus salvaguardas. La empresa argumentó que, debido a razones de escala y procesamiento de seguridad, la vinculación entre las cuentas de los padres y los adolescentes, así como la activación de alertas en tiempo real, puede demorar varias horas

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Google despega en la carrera del cómputo espacial con su primer satélite para centros de datos

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Un cohete Falcon 9 de SpaceX despegó desde California con el primer satélite del proyecto Suncatcher, una iniciativa de Google diseñada para evaluar la viabilidad de desplegar centros de datos en la órbita terrestre. La maniobra busca dar una solución estratégica al elevado impacto ambiental y al alto consumo energético que estas infraestructuras generan en la Tierra.

A diferencia de competidores que han enviado servidores genéricos, la tecnológica estadounidense ha puesto en órbita hardware propio: cuatro procesadores TPU (unidades de procesamiento de tensor), la arquitectura base de sus modelos de inteligencia artificial. Desarrollado junto con Planet Labs, este prototipo inicial posee una capacidad de cómputo modesta —equivalente a una sola unidad de procesamiento de un centro de datos terrestre— y una vida útil estimada de un año. Durante su misión, mantendrá sus paneles alineados continuamente con el Sol para optimizar la captación de energía y operar de forma intermitente junto a Gemini.

El experimento enfrenta severos desafíos técnicos y operativos: la degradación de los chips por radiación electromagnética y tormentas solares, la rápida obsolescencia del hardware y la disipación del calor en el vacío espacial. A esto se suma el factor económico. Llevar carga al espacio cuesta hoy cerca de 3.000 dólares por kilo; Google proyecta que la red solo será rentable cuando los lanzamientos de cohetes reutilizables reduzcan ese coste a un décimo, algo que no prevé hasta mediados de la próxima década en un desarrollo estimado a 15 años.

Aunque Google se convierte en la primera gran tecnológica en poner en órbita sus propios procesadores propietarios de IA, el sector ya registra una competencia agresiva. Firmas como Starcloud probaron GPU de Nvidia en órbita a finales de 2025, mientras que gigantes como SpaceX y Blue Origin han tramitado permisos para constelaciones masivas de cientos de miles de satélites interconectados por láser. Los analistas coinciden en que estas redes orbitales no reemplazarán la infraestructura terrestre a corto plazo, sino que actuarán como una capa complementaria de alta seguridad y respaldo global.

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Prohibición de celulares en las escuelas de México abre debate por la brecha digital y técnica

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La restricción general en educación básica entra en vigor este 3 de noviembre en todo el país. No obstante, especialistas advierten que la medida afectará de forma desproporcionada a los planteles donde el teléfono móvil representa la única infraestructura tecnológica disponible.

La Secretaría de Educación Pública (SEP) implementará a partir del 3 de noviembre de 2026 la prohibición total del uso de celulares durante la jornada escolar —incluido el recreo— en escuelas públicas y privadas de primaria y secundaria de México. La norma prevé excepciones únicamente para actividades pedagógicas previamente planificadas o emergencias comunitarias, mientras que en educación media superior y superior cada institución regulará su uso.

Sin embargo, académicos de la Universidad Iberoamericana alertan sobre el impacto de esta medida en un sistema caracterizado por serias carencias de equipamiento. Según la SEP (ciclo 2024-2025), solo el 38.6% de las escuelas públicas de educación básica cuenta con computadoras y únicamente el 35.5% dispone de conexión a internet.

En contraste, la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH 2025) del Inegi señala que el 84.6% de la población de seis años o más utiliza teléfono celular, frente a un 38.1% que usa computadora o tableta. Asimismo, persiste una brecha de conectividad entre zonas urbanas (88.9%) y rurales (75.2%).

Brecha digital y necesidades especiales
Durante la mesa de análisis “De vuelta a clases ¿con o sin celular?”, Cimenna Chao Rebolledo, directora de Planeación Estratégica e Innovación de la Universidad Iberoamericana, señaló que en comunidades con escasos recursos el móvil es la única herramienta para desarrollar competencias digitales:

“El propósito de estos dispositivos tiene que ser explícito, planeado y responder a una necesidad que de otro modo no sería cubierta en el aula”, afirmó Chao, al enfatizar que restringir la tecnología de manera tajante frena la alfabetización digital.

Por su parte, Sandra Montes de Oca, directora del Departamento de Psicología de la Ibero, destacó el valor de los celulares como apoyo indispensable para alumnos con necesidades educativas específicas, como niños en el espectro autista que emplean aplicaciones móviles para comunicarse.

Impacto en la conducta y salud mental
Respecto al impacto del teléfono en la concentración y el bienestar, Montes de Oca citó el estudio británico SMART Schools de la Universidad de Birmingham, realizado con 1,227 adolescentes de 12 a 15 años en 30 secundarias de Inglaterra:

Tiempo en pantalla: Los alumnos de escuelas con restricciones redujeron su uso en apenas 40 minutos al día (0.67 horas) durante la jornada escolar.

Salud mental y uso general: La investigación no halló diferencias estadísticamente significativas en el bienestar mental de los estudiantes ni en el tiempo total de uso del dispositivo fuera del horario escolar o durante los fines de semana.

Finalmente, Ricardo Ortega Soriano, director del Departamento de Derecho de la Ibero, instó a reorientar la discusión hacia una política de Estado integral que regule la incorporación gradual de la tecnología de forma razonable, en lugar de priorizar medidas punitivas o de prohibición absoluta.

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