Francisco (47 años de edad) describe el 13 de septiembre de 2018 como el día en que su vida cambió. Sin aviso, su rutina pasó de los escenarios y los foros de televisión a estar conectado –tres veces por semana– a una máquina de hemodiálisis. Siete años después, observa su cuerpo distinto, condicionado a las terapias de reemplazo renal y a un tanque de oxígeno, derivado de una falla en sus riñones. Desde el sillón de su hogar, imposibilitado de regresar a su antigua vida, recuerda las hazañas que tuvo en su carrera como comediante e imitador durante tres décadas.
La enfermedad renal crónica no solo condiciona a los pacientes a exhaustivas terapias de hemodiálisis y diálisis peritoneal para poder sobrevivir, sino que también los expone a afectaciones emocionales por los cambios drásticos que supone esta enfermedad: deterioro del estado funcional, bajo rendimiento físico, afectaciones en la actividad sexual, dificultades para conservar un empleo, problemas financieros y un impacto negativo en las relaciones interpersonales.
En Puebla, se ha descubierto que la enfermedad renal crónica ha traído consecuencias que no se limitan al estado físico. La investigación titulada “Calidad de vida y depresión en enfermos renales en Puebla”, publicada en noviembre pasado en la Revista de Medicina e Investigación de la Universidad Autónoma del Estado de México, revela que de 134 enfermos renales del Hospital General del IMSS “La Margarita” (67 con tratamiento de hemodiálisis y 67 con diálisis), se encontraron datos de depresión en el 100 por ciento de ellos, sin diferencia de edad. De estos, el 40.3 por ciento fueron catalogados con depresión leve, el 41.1 por ciento con depresión moderada, el 13.4 por ciento con depresión mínima y el 5.2 por ciento presentaron depresión grave.
El estudio realizado por los investigadores Cinthia Hernández Méndez, Velia Hernández Márquez, Josué Santiago Robles, Víctor Arvizu Jaramillo y Omar Pérez Sánchez también advierte que dichas terapias de reemplazo renal han venido acompañadas de un deterioro significativo en la salud mental y la calidad de vida de quienes dependen de estos tratamientos para seguir con vida. El 75.4 por ciento de los enfermos presentaba una calidad de vida regular, el 14.9 por ciento deficiente y únicamente el 9.7 por ciento de pacientes contaba con una buena calidad de vida.
Si bien dichas terapias logran mantener con vida a los pacientes, no garantizan que la misma se desarrolle en condiciones dignas a nivel emocional. La hemodiálisis, uno de los tratamientos más comunes, implica sesiones de varias horas hasta tres veces por semana. Este tipo de terapia suele ser dolorosa debido a los accesos vasculares, las punciones repetidas y los constantes exámenes bioquímicos.
De acuerdo con el estudio, los pacientes en hemodiálisis presentan mayores tasas de hospitalización y un riesgo de depresión hasta cinco veces mayor. La diálisis peritoneal, aunque ofrece ventajas como menor costo, mayor autonomía, menos restricciones alimenticias y mejor adherencia al tratamiento, tampoco está exenta de consecuencias emocionales, como lo demuestra la alta prevalencia de depresión en este grupo.
Cabe mencionar que este estudio fue realizado de marzo a septiembre de 2023, en la consulta de nefrología del IMSS “La Margarita”. Se incluyeron a 191 pacientes de ambos sexos, derechohabientes del Instituto, de 18 a 70 años, con diagnóstico de enfermedad renal terminal con tratamiento sustitutivo de más de tres meses con diálisis peritoneal o hemodiálisis; sin embargo, se excluyeron pacientes con alguna pérdida o amputación de extremidades y con alteración de la agudeza visual, quienes no quisieron participar, no contestaron en su totalidad las evaluaciones o por retiro voluntario.
“Te agarra la depresión, la ansiedad”
Francisco González, conocido artísticamente como Paco Gless, pasó más de tres décadas haciendo reír al público. Comediante e imitador, su historia artística comenzó en los camiones del transporte público, donde descubrió que contar chistes e imitar voces podía convertirse en un oficio. Con el tiempo, su talento lo llevó a programas de televisión como Sabadazo y Estrellados.
Sin embargo, el rumbo de su vida cambió de manera abrupta el 13 de septiembre de 2018. Ese día comenzó a sentirse mal, con vómitos constantes que lo obligaron a acudir al hospital. Al día siguiente estaba internado, observando a la distancia cómo su esposa firmaba documentos médicos, sin comprender del todo lo que ocurría. Fue entonces cuando inició una nueva etapa en su vida: el diagnóstico que lo llevaría a la hemodiálisis.
Francisco no sabía qué significaba ese tratamiento. Pensó que sería algo pasajero, de una sola sesión. La sorpresa llegó cuando le explicaron que debía someterse a hemodiálisis tres veces por semana, con un costo que en ese momento alcanzaba los mil 500 pesos por sesión. La carga económica y emocional fue inmediata. “Te agarra la depresión, la ansiedad”, recuerda.
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Con el paso del tiempo, la enfermedad dejó de ser solo una amenaza para convertirse en una experiencia que transformó su manera de ver la vida. Hoy, siete años después del diagnóstico, Paco Gless se asume como un sobreviviente que sigue luchando. Agradece estar vivo y reconoce que la enfermedad lo obligó a valorar lo esencial. “Cuando te pasa algo así, no lo asimilas al principio”, dice, pero poco a poco aprendió a aceptar su nueva realidad. Francisco observa a compañeros que enfrentan condiciones aún más difíciles, algunos en silla de ruedas. Para él, la hemodiálisis no significa inutilidad ni el final de la vida productiva, como muchas veces se piensa, e insiste en que la enfermedad renal no debe ser sinónimo de resignación.
Confrontar la enfermedad renal en soledad
Abraham Fernández tiene 63 años de edad y desde hace casi dos vive con una rutina marcada por la enfermedad renal. Su diagnóstico llegó después de años de descuidar su alimentación en su antiguo trabajo como conductor en una empresa privada: “No comía a mis horas, tomábamos pura coca”, recuerda.
El daño fue silencioso y progresivo, hasta que su cuerpo ya no resistió. Estuvo a punto de morir, afirma. Desde que inició su tratamiento como paciente renal, su vida cambió de forma radical, ya que se somete a diálisis de manera constante, un procedimiento que no solo lo afecta físicamente, sino también a nivel emocional.
“Ahorita me siento normal, pero también triste”, confiesa. La razón no es solo la enfermedad, sino la soledad que se instaló en su casa en cada terapia. Vive solo en una casa que, en lugar de ofrecer comodidad, amplifica el silencio. “¿De qué sirve tener una pantalla grande si no tengo a mi familia?”, se pregunta. La nostalgia aparece con frecuencia, sobre todo durante las sesiones que debe realizar sin compañía.
Antes se sentía activo, capaz de moverse, de salir y disfrutar del esfuerzo físico. “Ya no soy el Abraham de antes, ya no”, repite. La pérdida de movilidad y la inseguridad para realizar actividades como manejar o correr han limitado su autonomía y profundizado su sensación de dependencia.
Síntomas de depresión y soledad acompañan a enfermos renales en Puebla, revela investigación
Pacientes reconocen cambios en su movilidad diaria. / Foto: Bibiana Díaz / El Sol de Puebla
A pesar de todo, Abraham intenta seguir adelante. Sus hijas son su principal motivación; sus palabras de aliento lo empujan a no rendirse. También encuentra en la fe un impulso para levantarse cada día y salir a caminar, aunque sea dentro de su propia casa.
El reto de vivir la enfermedad renal a temprana edad
A los 28 años de edad, cuando recién había salido de la universidad y comenzaba a construir un proyecto de vida, Magdiel recibió un diagnóstico que cambió por completo su futuro: enfermedad renal crónica. Diez años después, con 38 años de edad y un trabajo como docente, continúa en tratamiento de hemodiálisis, una condición que no solo ha marcado su cuerpo, sino también su salud mental y su manera de entender la vida.
“Creo que nadie se espera que le digan que tiene una enfermedad terminal tan joven”, relata. El impacto inicial fue devastador, ya que la noticia llegó en la etapa de planes profesionales y expectativas personales, lo que provocó una reacción común entre pacientes jóvenes: incredulidad, miedo y una profunda sensación de injusticia. “Te preguntas: ¿por qué a mí?”, expresa.
Tras el diagnóstico, Magdiel enfrentó un proceso largo y complejo. En un primer momento decidió informarse, conocer su enfermedad y entender qué implicaba vivir con ella. Esa decisión, poco frecuente entre pacientes que suelen sentirse rebasados por el sistema de salud, le permitió tomar un papel más activo en su tratamiento. “Si ya la tengo, vamos a conocerla y a ver qué sigue”, dice.
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El camino incluyó un trasplante renal que, aunque representó una esperanza de recuperar cierta normalidad, terminó por fracasar hace un año. La pérdida del injerto significó regresar a la hemodiálisis y enfrentar nuevamente la adaptación física y emocional. Sin embargo, uno de los momentos clave de su proceso fue la atención psicológica incluida en el protocolo de trasplante renal. Durante las evaluaciones, fue canalizada con especialistas en salud mental para detectar posibles cuadros de depresión u otros padecimientos emocionales. Reconoce que, sin este apoyo, el proceso habría sido mucho más difícil.
Magdiel destaca la importancia de las redes de apoyo: familia, amigos y la convivencia con otros pacientes, lo cual ha sido de gran ayuda para sostenerse emocionalmente. Compartir experiencias le permitió entender que es posible vivir con la enfermedad, adaptarse y construir una vida plena, aunque distinta a la que imaginó inicialmente.