En el marco de las conmemoraciones y simulacros organizados para recordar las tragedias sísmicas de septiembre, la historia de Puebla reafirma la alta vulnerabilidad del territorio estatal ante los movimientos telúricos. A lo largo de las décadas, diversos terremotos han dejado huellas profundas en la infraestructura, la arquitectura patrimonial y la vida de miles de familias poblanas, convirtiéndose en episodios imborrables para la memoria colectiva regional.
Entre los registros más antiguos y destructivos documentados en el siglo XX destaca el sismo de Esperanza en 1937, el cual causó considerables daños materiales y pérdida de vidas en la zona de los Llanos de Apan y la Sierra Nororiental. Posteriormente, el terremoto de 1973, con epicentro en Orizaba, provocó graves afectaciones en municipios de la zona centro y las Altas Montañas, colapsando edificaciones y dejando cientos de víctimas fatales en la región límitrofe con Veracruz.
Otro de los eventos de gran magnitud que impactó gravemente a la entidad fue el sismo del 15 de junio de 1999, con epicentro en Tehuacán. Este movimiento de magnitud 7.0 afectó severamente el Centro Histórico de la capital poblana, provocando el colapso de torres en templos religiosos, el cierre temporal del Palacio Municipal, daños irreparables en templos emblemáticos como la Iglesia de San Agustín y pérdidas irreparables en la infraestructura hospitalaria de la ciudad.
El acontecimiento más reciente y devastador ocurrió el 19 de septiembre de 2017, cuando un terremoto de magnitud 7.1 con epicentro en Axochiapan, Morelos, sacudió con fuerza el centro de México. En Puebla, este sismo causó estragos históricos en la Mixteca y la capital, provocando la muerte de más de 40 personas, el colapso del mítico Hospital de San Alejandro del IMSS y afectaciones en más de 600 inmuebles históricos y miles de viviendas particulares.
La recurrencia de estos fenómenos naturales ha llevado a las autoridades y a la ciudadanía a reforzar los protocolos de protección civil y gestión del riesgo. La realización de simulacros masivos y el constante monitoreo telúrico buscan mantener preparada a la población ante el riesgo inminente que representa la ubicación geográfica del estado dentro de una de las zonas de mayor actividad sísmica del país.