La Generación Z atraviesa una transformación decisiva marcada por la expansión de la inteligencia artificial (IA), las aulas digitales y la creciente influencia de las redes sociales. En este nuevo entorno, la tecnología no solo modifica la manera en que los jóvenes aprenden y se comunican, sino también su percepción de la información, la salud mental y el conocimiento mismo.
El uso cotidiano de herramientas de IA se ha vuelto parte fundamental en la educación y en la vida diaria. Cada vez más estudiantes recurren a plataformas automatizadas para realizar tareas, resolver dudas o generar contenidos, lo que plantea preguntas sobre el verdadero sentido del aprendizaje y sobre cómo se define el mérito académico en una era dominada por algoritmos. La educación ya no se limita a los métodos tradicionales: ahora se aprende, se evalúa y se convive dentro de un entorno tecnológico que establece nuevas reglas.
Este cambio también alcanza el ámbito informativo. Los muestran una clara preferencia por informarse a través de redes sociales, donde los algoritmos determinan qué contenidos los jóvenes se vuelven visibles. En ese proceso, la línea entre información, opinión y entretenimiento se ha vuelto casi imperceptible. El periodismo profesional enfrenta el desafío de competir con influencers, videos breves y publicaciones diseñadas para atraer la atención inmediata, mientras la verificación y la ética pierden espacio frente a la inmediata del mercado digital.
La consecuencia es una pérdida gradual de confianza en la información y una transformación profunda del papel del periodismo como herramienta de conocimiento y participación social. La noticia deja de ser un bien público para convertirse en un producto moldeado por la lógica de las plataformas.
En el terreno emocional y cognitivo, los efectos del uso intensivo de la tecnología también son evidentes. Muchos jóvenes reconocen pasar demasiado tiempo frente a las pantallas y perciben un impacto negativo en su bienestar. La dependencia de la inteligencia artificial puede debilitar la capacidad de concentración, reducir el pensamiento crítico y limitar la curiosidad por aprender de manera autónoma. La disminución de la escritura manual, reemplazada por teclados y pantallas, contribuye a esa pérdida de profundidad en los procesos de aprendizaje.
Los cambios provocados por la pandemia refuerzan este escenario: la educación remota consolidó hábitos digitales, acortó los periodos de atención y favoreció un modelo de aprendizaje más fragmentado. Las generaciones más jóvenes crecieron rodeadas de asistentes virtuales, aplicaciones inteligentes y herramientas automáticas que hoy forman parte natural de su entorno.
Pese a los riesgos, la tecnología también ofrece oportunidades de creatividad, expresión y conexión. Las plataformas digitales pueden servir como espacios para compartir ideas, aprender de manera colaborativa y desarrollar proyectos con impacto social, siempre que exista una comprensión crítica de su uso y de sus límites.
La Generación Z, formada en un mundo donde el algoritmo define gran parte de la experiencia cotidiana, no solo utiliza la tecnología: la asume como parte esencial de su identidad. Comprender cómo interactúa con ella es entender el rumbo que tomará la sociedad en los próximos años.