Bajo el estruendo de los mosquetones y con la fuerza de una tradición que se respeta, este sábado 14 de febrero inició la edición 158 del Carnaval de Huejotzingo, considerada una de las festividades más antiguas y representativas de México por su carácter militarizado.
Desde temprana hora, cientos de visitantes arribaron al Pueblo Mágico para presenciar el arranque de esta celebración, donde la disciplina, el orden y la jerarquía no son simbolismo, sino parte esencial de una tradición que ha trascendido generaciones.
El presidente municipal, Roberto Solís Valles, acompañado de integrantes del Cabildo, dio la bienvenida a presidentes municipales de la región y a subalternos de las ocho juntas auxiliares, quienes acudieron como invitados especiales a esta jornada inaugural.
El primer cuadro de la ciudad se convirtió en un escenario histórico con la participación de los imponentes contingentes de Indios Serranos, Zacapoaxtlas, Zapadores, Zuavos y Turcos, que llenaron las calles de color, música y el característico estruendo de la pólvora. El llamado “sábado de entrada” marcó el inicio formal de las actividades, evocando la historia y el orgullo huejotzinga.
Para garantizar que la tradición se desarrollara en un ambiente de seguridad y tranquilidad, el Gobierno Municipal implementó un operativo coordinado con corporaciones estatales y federales. El despliegue contó con el respaldo del gobernador del estado, Alejandro Armenta Mier, lo que permitió reforzar la vigilancia, los accesos y la atención a visitantes.
Para este domingo 15 de febrero se prevé una mayor afluencia de asistentes y participantes con el tradicional desfile que iniciará al mediodía, seguido de la representación del rapto de la hija del Corregidor, a cargo del personaje histórico conocido como el “Bandolero de Río Frío”, Agustín Lorenzo, uno de los momentos más esperados de la festividad.
Con 158 años de historia, el Carnaval de Huejotzingo reafirma su lugar como una de las expresiones culturales más importantes de Puebla, donde la pólvora, la identidad y el sentido de pertenencia se viven con intensidad en cada disparo de mosquetón.